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Quintana Roo - México

Casi 600 indígenas murieron y 19.000 se contagiaron en Brasil desde el inicio de la pandemia. Algunos de ellos son los últimos hablantes de algunas de las lenguas más amenazadas del planeta.

Eufrasia y Vicente son los dos últimos descendientes Guató que recuerdan algo de la única lengua indígena que sobrevivió en el Pantanal, el gran humedal brasileño en la frontera con Bolivia. Si fallecen, se llevarán con ellos a la tumba los últimos recuerdos de una lengua que los lingüistas comenzaron a documentar hace muy poco. Los dos rondan los 70 años y se encuentran en uno de los estados más expuestos al coronavirus, Mato Grosso do Sul, donde en la última semana los casos aumentaron un 86%.

“Eufrasia vive en la periferia de la ciudad de Corumbá, en una situación extremadamente precaria, de pobreza real y con problemas de salud. Además, se pasa el día en el hospital cuidando a su marido, que está en coma. Vicente vive en la desembocadura del río São Lourenço. No creo que él se contagie porque vive aislado como un ermitaño”, explica a EL MUNDO Bruna Franchetto, antropóloga y lingüista de la Universidad Federal de Río de Janeiro, una de las mejores conocedoras de la diversidad idiomática del país.

El caso del Guató no es un caso aislado ni excepcional, sino más bien la norma. Brasil es el país del mundo con más lenguas en peligro. Según el Atlas de Lenguas en Peligro de Extinción de la Unesco, son 178 idiomas amenazados y 12 desaparecidos. Todas son vulnerables en mayor o menor medida, pero 45 están en estado crítico. Del Yawalapiti, por ejemplo, quedan apenas tres hablantes, al sur de la tierra indígena Xingu. El más mayor es Aritana, el cacique, que tiene 76 años. Su hijo Tapí ahora estudia lingüística en la Universidad de Brasilia y se propone resucitar la lengua a contra reloj.

Los ancianos de las aldeas son los últimos guardianes de este tesoro lingüístico que desaparece poco a poco, en silencio; muchas veces sin dejar rastro, porque la cultura indígena es eminentemente oral y porque los investigadores tan sólo han logrado describir alrededor del 30% de las lenguas existentes. “Estamos perdiendo profesores y sabios reconocidos no sólo a nivel local. En muchos casos también son los últimos hablantes de una lengua o los conocedores de la variedad más noble o mejor conservada. En los casos más críticos la pérdida de un hablante o de uno de los últimos hablantes es algo irreparable”, dice Franchetto.

Con cada lengua que muere acaban también leyendas, cánticos, oraciones y todo tipo de conocimientos ancestrales, como los que transmitía de generación en generación Poani Higino Tuyuka. Su muerte dolió especialmente en el río Negro, donde era un auténtico líder comunitario. Higinio fue educado por misioneros salesianos, pero ya de adulto se esforzó en recuperar la lengua de su pueblo y fundó la Escuela Tuyuka, clave en la revitalización de la cultura local. Murió de Covid-19 en junio en un hospital de Manaos, después de 20 días internado. “Él luchó y vio el resultado de todo lo que conseguimos: hablar y escribir en nuestra lengua. A pesar de haberle perdido nadie se olvidará de nuestra lengua, vamos a continuar luchando”, decía estos días Lenilza Ramos, que fue una de las primera alumnas de la escuela que fundó hace 12 años.

Fuente: elmundo


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